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jueves, 11 de septiembre de 2014

PROXIMA 23 / Editorial

En uno de sus artículos, Teresa Pilar Mira cita a Goethe diciendo que el estremecimiento es la mejor parte de nuestra humanidad, que por más familiar que nos sea el mundo que nos rodea, siempre nos estremeceremos ante lo “enorme”, es decir, ante lo maravilloso de ese mismo mundo, aquello que, en un sentido amplio, podríamos llamar “Sagrado”, algo que no tiene que ver con un dios o a una religión en particular, sino que es una vivencia humana básica, y que su tratamiento es uno de los elementos propios de la New Wave, tal vez la más refinada, compleja y profunda expresión de la Ciencia Ficción.
Del algún modo, esto me hace pensar en una condición intrínseca, en una vocación por lo que nos supera, y que nos caracteriza como especie, que iguala a los individuos más allá de cualquier diferencia geográfica, étnica o biológica.
Pero, ¿cómo es posible que compartamos todos tal vocación para lo trascendente y al mismo tiempo vivamos en un mundo (un mundo del que participamos, que construimos cada día por acción u omisión) en el que Israel bombardea Gasa, recrudecen con brutalidad el racismo y la homofobia, aumentan los casos de femicidio, y el brote de ébola parece convertirse en problema sólo si sale de África?
En esa contradicción, se sustenta el tema que la New Wave también abordó de un modo notable: la relación con el “distinto”.
Nosotros y ellos...
Ell@s que se convierten en ellxs, que pasan a ser esxs, y luego eso... Lo tan otro que se nos hace incomprensible, lo tan ajeno que se nos hace intolerable, que nos atrae a la vez que nos repele, pero con una fascinación que suele terminar de un modo terrible, como en “Hermano de mi hermana”, de Philip José Farmer.
Es sabido que la ciencia ficción nos provee metáforas y herramientas para tratar de comprender lo que nos rodea, y lo hace a la luz de nuestros temores y expectativas; cuando habla de extraterrestres, robots, monstruos, en realidad se refiere a seres humanos distintos a nosotros. Sin embargo, el lugar desde el que se plantea esa mirada (quién es, cómo se conforma, el “nosotros”) la define y condiciona.
Tengo la impresión de que la mayor parte de lo que he leído acerca de esto se escribió desde el centro hacia la periferia, desde la mayoría hacia la minoría, desde varones hacia mujeres, desde blancos hacia negros, desde ricos hacia pobres...
Me parecía interesante revisitar el subgénero no sólo desde el presente (donde el tema/conflicto está más que vigente) sino desde el distinto, y desde latinoamérica, donde naturalmente somos muchos “otros” y a la vez estamos acostumbrados a ser los “otros” de los demás.
Con ustedes, los cuentos.
Laura Ponce

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