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sábado, 14 de junio de 2014

PROXIMA 22 / Editorial

Cuando me propuse el tema de este número quería que el ciberpunk fuera el punto de partida para hablar de nuestra relación con la tecnología, relación que no es la misma hoy que hace treinta años, cuando William Gibson escribió los cuentos de “Quemando a Cromo”, por ejemplo.
Hoy, algunos elementos del universo que narró nos resultan anacrónicos, tanto como los autos voladores o algunos electrodomésticos de la casa del futuro; otros, en cambio, son parte de la vida diaria.
Pero la tecnología fue todavía más allá: facilitó las cosas. Ya no es necesario ser un vaquero de consolas para navegar por el ciberespacio; jugar juegos en red, descargar música o información, hasta construir con otros una ciudad virtual y “vivir” en ella, son cosas al alcance prácticamente de cualquiera.
Eso también cambió nuestra relación con la información. ¿Qué sentido tiene recordar o aprender determinados datos si pueden ser consultados o recuperados en cualquier momento, sin esfuerzo alguno? ¿Quién recuerda números telefónicos? Para qué guardarlos en nuestra memoria cuando el celular puede guardarlos en la suya...
Y la inmediatez y fugacidad de las noticias, el escaso análisis, la enorme cantidad de estímulos con la que somos bombardeados todo el tiempo, nos insensibilizan peligrosamente. Vivimos en un mundo donde pasan demasiadas cosas demasiado rápido, y corremos tratando de seguirles el paso, hambrientos y vacíos.
La tecnología se nos propone como la herramienta suprema, la solución a todos los males, la materialización de todos nuestros anhelos y apetitos: deseable, inevitable, imprescindible, al punto de que quien no la use padecerá una nueva clase de analfabetismo o será un excluido social ¾en un mundo cada vez más globalizado, cada vez más hiperconectado, ése sería el peor anatema¾. Y continuamente la sociedad de consumo fomenta nuestra desesperación por no quedar afuera, por siempre estar al tanto, por conseguir lo más nuevo, lo que acaba de salir, por ser  en función de eso.
Lo “moderno” es lo único valioso. Renegamos del pasado, de lo arcaico. De lo que hasta ayer era útil y de probado valor, sano o natural.
Soñamos con que la tecnología nos permita eternizarnos, vencer las barreras de lo orgánico, pero nuestra relación con ella es cada vez más carnal, más íntima y personal. Es difícil saber dónde llevará todo esto.
Afortunadamente, nuestros sueños y recuerdos aún ¾aún¾ pueden ser accesados sólo por nosotros mismos, y creo que es allí donde se mantiene a salvo nuestra identidad.  Disfrutémoslos mientras podamos.

Laura Ponce

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