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martes, 24 de septiembre de 2013

PROXIMA 19 / Editorial


En la mitología galesa, la diosa-bruja Ceridwen poseía un gran caldero donde se cocinaban la Inspiración y la Sabiduría; cuando recitaba el conjuro adecuado, el caldero producía alimentos mágicamente.
Muchos siglos después, el visionario Richard Buckminster Fuller elaboró el concepto de “efemeralización” para referirse a la tecnología cada vez más efectiva y más barata, mientras que los recursos físicos invertidos en diseños previos son reemplazados por cada vez más información; el máximo desarrollo de esto sería producir lo deseado virtualmente de la nada, como con el replicador de la serie Star Trek, que fabrica lo que se le solicite con sólo pedírselo en voz alta. Una suerte de conjuro renovado, hechicería moderna.
Actualmente, casi toda la gente que nos rodea está acostumbrada al uso de las herramientas y comodidades que provee la tecnología del consumo, pero para la mayoría el funcionamiento de tales ingenios es indistinguible de la magia, tal como reza la Tercera Ley enunciada por Arthur C. Clarke.
La ciencia y la tecnología avanzan por ese camino, y su refinamiento y complejidad están cada vez más lejos de la comprensión de los no iniciados.
Sin embargo, algunos de los que trabajan en un campo vital para estos avances, la tecnología de la información, tradicionalmente tan celosos de sus secretos, están redefiniendo las reglas de juego. Las comunidades open source y de software libre ganan cada vez mayor importancia; por concurso de sus prácticas, software de alta calidad se materializa gratis, libre de licencias y restricciones de uso, al alcance de quien quiera utilizarlo, y han probado que el hecho de compartir tales elementos con áreas de investigación y desarrollo de cualquier rubro no sólo no limita o atrasa los avances sino que los acelera; produce sinergia, otro concepto que le gustaba a Buckminster Fuller.
No está todo dicho, y sin duda nos adentramos en tiempos interesantes, difíciles de predecir.
Las otras dos leyes enunciadas por Clarke dicen que “cuando un anciano y distinguido científico afirma que algo es posible, es casi seguro que está en lo correcto; cuando afirma que algo es imposible, muy probablemente está equivocado”, y que “la única manera de descubrir los límites de lo posible es aventurarse un poco más allá, hacia lo imposible”.
Esta última describe el trabajo de la ciencia ficción, trabajo vital para el avance y mejor desarrollo de la sociedad, para el “acrecentamiento de la complejidad y la intensidad de la vida inteligente”, como citaría Estraven a Genly Ai en el épico viaje a través del hielo de La mano izquierda de la oscuridad.
A menudo parece que esa es nuestra situación cotidiana, parece que trabajosamente intentáramos avanzar a través de un ambiente hostil y solitario. Sin embargo —porque la vida también puede regalarnos esas cosas— a veces nos encontramos con extraños que han emprendido la misma aventura, extraños en los que descubrimos una sensibilidad y una noción de propósito similares a los nuestros que se elevan por encima de las diferencias; extraños con los que vale la pena compartir el viaje.
Porque más allá de sus pequeñas manifestaciones siempre está ahí, a nuestro alrededor: La Magia como posibilidad real, como fascinación, como nombre de lo incomprensible, de lo sublime y lo terrible. Pero no es ajena a nosotros, no nos está vedada. Todos tenemos nuestro propio caldero donde se cocinan inspiración y sabiduría.
Pues bien: Hagamos magia.


Laura Ponce

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