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sábado, 30 de marzo de 2013

PROXIMA 17 / Editorial


En el libro Quemando a Cromo, de William Gibson, hay un cuento que se llama “Regiones apartadas”. El cuento narra un día en la vida de un relevo, cuyo trabajo es estar ahí cuando regrese una nave. ¿Regrese de dónde? De una ruptura espacio-temporal que llaman la Autopista y que los humanos descubrieron por accidente entre las órbitas de la Tierra y Marte, cuando desapareció una cosmonauta rusa que realizaba una misión de rutina. El tema es que cuando “Santa Olga” regresó súbitamente después de dos años, en su puño ensangrentado traía un regalo: una caracola extraterrestre. Si los siguientes que enviaron (sólo un navegante por nave) hubieran vuelto nada más que con caracolas quizás no hubiera sido para tanto, pero regresaron con la cura para el cáncer, con irresistibles piezas de tecnología... y los siguieron enviado. Sólo el diez por ciento volvía “vivo”, y ninguno podía decir dónde había estado o hablar de su experiencia. Cuando Toby tiene que entrar a una cápsula a buscar a uno de ellos, describe lo que los afecta: “Es el Miedo. Es el dedo largo de la Gran Noche, la oscuridad que alimenta con murmurantes condenados las dulces y blancas fauces de los pabellones.”
Porque la mente se revela ante aquello que no puede comprender, no puede aceptar o no puede olvidar. Porque para preservarse, se escuda en la locura.
“Moscas en un aeropuerto, esperando colarnos en algún vuelo”, dice Gibson...
Quizás la vastedad y complejidad mismas del universo estén para siempre más allá de nuestra comprensión, quizás estemos condenados por nuestra propia naturaleza a hacernos preguntas que no podemos responder, a vivir experiencias que no podemos comprender.
Tan sólo pensar en ello, realmente pensar en ello, da vértigo.
Parece que cada vez que nos aventuramos por esas regiones apartadas del entendimiento, tanteamos los límites de la cordura.
¿Qué diferencia un brote esquizoide de una experiencia mística? Para quién no vive la experiencia, probablemente nada. La diferencia tal vez esté en que una encierra al sujeto en su interior, estérilmente, y la otra lo abre hacia el exterior, trasformadoramente.
¿Qué es la cordura, entonces? ¿Una cuestión de consenso? ¿Una ilusión objetiva? ¿Dinámicas y patrones de conducta que una sociedad acepte como “sanos”?
Sin embargo, tal como decía Krishnamurti, no es saludable estar bien adaptado a una sociedad profundamente enferma.
Y quizás es ahí donde entra en juego el aporte de Freud, que fue el primero en haber tratado de borrar radicalmente la separación entre lo positivo y lo negativo (de lo normal y lo patológico, de lo comprensible y lo incomunicable, de lo significante y lo insignificante). No sólo acercó el conocimiento del hombre a su modelo filológico y lingüístico, sino que cambió el punto de vista: No partió del modelo de un individuo sano ideal y analizó como patológico lo que no encuadrara en ese modelo; tomó como objeto de estudio lo distinto, la anomalía, y generó un nuevo paradigma respecto del que pueden analizarse las conductas como grados de diferencia, donde lo “normal” ya no existe.
Es como si nos hubiera dado permiso para la singularidad, para ser más allá de los límites establecidos, para encontrar nuestro propio camino más allá de la cuadrícula del molde en el que nacimos.
No desaprovechemos la oportunidad.

Laura Ponce





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