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miércoles, 6 de junio de 2012

PROXIMA 14 / Editorial

“A la pálida y amarillenta luz de la luna que se filtraba por entre las contraventanas, vi al engendro, al monstruo miserable que había creado. Tenía levantada la cortina de la cama, y sus ojos, si así podían llamarse, me miraban fijamente.” 
Frankenstein, de Mary Shelley, es considerada por muchos la primera novela moderna de ciencia ficción, y sus personajes son de los más claramente instalados en la cultura popular.
Es interesante notar que el monstruo que reconocemos por ese nombre —Frankenstein— y al que identificamos con el rostro y el aspecto que le dió Boris Karlof en la película de 1931, no se llama de ese modo en la novela. Los personajes/narradores de Mary Shelley hacen referencia a él como “la criatura” o “el engendro”. Frankenstein es el apellido de su creador. El Doctor Victor Frankenstein es el científico, el hombre que —cual moderno Prometeo— pretende robar el poder de Dios dándole vida a un cuerpo in-animado (sin ánima, sin alma), “infundir un hálito de vida a la cosa inerte que yacía a sus pies”.
Esta confusión de identidades tiene cierta justicia poética, ya que de algún modo, en la narración de Shelley, creador y criatura se van equiparando, tanto en el mal que son capaces de causar como en la intensidad de sus sentimientos, en la profundidad de su dolor y deseo de venganza; incluso, finalmente, no reconocen más destino ni propósito que el de enfrentarse. Ambos son monstruosos. Ambos han quedado para siempre fuera del orden regular de la naturaleza.
En la génesis de estos personajes, como en El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde —y quizás en la creación de todos los monstruos imaginados por la humanidad—, hay un deseo de exteriorizar los miedos, de poner en el afuera, de proyectar en otro, todo lo que tememos y repudiamos de nosotros mismos, disociándonos de ello.
Los monstruos representan la fuerza irrefrenable —y el atractivo irresistible— de las pasiones desatadas, de las necesidades y apetitos más profundos, de todos los actos que escapan a la razón y al equilibrio impuesto en el que pretende vivir la sociedad. Son la anomalía. Son lo que, de modo violento, no encaja en la normalidad.
En el deseo de destruirlos, en la embravecida furia de la turba armada de antorchas que a menudos los persigue y acorrala, hay repugnan­cia y horror, y también un profundo terror. Pero en esa repugnancia hay hipocresía. En ese horror hay muy poca autocrítica. Y lo que teme ese terror es que tal monstruosidad sea contagiosa.
Sin embargo, no hay escapatoria.
Todos esos monstruos que alguna vez narró la humanidad habitan en nosotros.
Todos esos monstruos somos nosotros.
El ser humano es acaso el monstruo último.
El mono con navaja.
El monigote que pedalea en el aire, tratando de alcanzar lo que está siempre más allá.
El que es capaz de todos los crímenes. Y de todas las grandezas.
Porque eso es lo que nos caracteriza: la capacidad para lo extraordinario, para salirnos del orden normal de las cosas. Para ser realmente distintos. Para alcanzar esa categoría en cualquiera de los dos sentidos.
Por eso, si hemos de ir más lejos, si hemos de correr el riesgo de ser seres completos, es imprescindible atrevernos a enfrentar lo que somos.
Para aceptarnos como humanos debemos aceptarnos como monstruos.



Laura Ponce


* La imagen es "Angel", de Paula Andrade































2 comentarios:

Pablo Dobrinin

Me encantó. Está escrito de forma notable, pero además tiene algo atrevido, una fuerza personal que se nota. Felicitaciones.

Laura Ponce

Gracias, Pablo! Es un gran elogio viniendo de alguien que sabe tanto de monstruos :-)
Te mando un beso grande.

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